De pronto nos encontramos sumergidos en lecturas que desencadenaron nuestro acercamiento al mito de La Salamanca, desde un principio hubo entre nosotros una inquietud por lo fantasmagórico, ideas evanescenetes, lo oculto y lo visible, lo permanente y lo perecedero. Esta obra surge de la relación que pudimos entablar entre estos elementos.
Podríamos decir que existen tres momentos del mito, el primero de total inherencia, de sentido pleno, vital y absoluto, el pensamiento mítico; un segundo momento en el que se ve lo aberrante, el error y probablemente la amenaza; en el tercero y último en el que puede verse la eficacia o ineficacia poética, su dimensión artística y su calidad de parábola.
La leyenda clásica de La Salamanca, vinculada en su origen con la universidad de Salamanca del siglo XI, se aparece a los caminantes solitarios, o quienes la persiguen deliberadamente como una cueva bajo tierra, punto de encuentro de brujos, hechiceros y demonios, lugar de prácticas mágicas y orgiásticas. El desprevenido ingresa a esta cueva, seducido por los sonidos que de ella emergen, quien la busca debe enfrentar pruebas terroríficas para llegar. Finalmente, una vez adentro pacta con el diablo y adquiere algún conocimiento, se hace sabio o experto en algo. El precio que hay que pagar en muchos casos es el alma, en otros casos tiempo de vida, una vida corta e intensificada por el goce de una virtud artificial.
En nuestro país el mito de la Salamanca se amolda a las costumbres criollas y se convierte en una experiencia concreta que se transmite de forma oral. La soledad del campo, el silencio y la fe en la inminente prosperidad del país, hacen de este relato un lugar e donde se albergan y toman curso los deseos de la vida cotidiana del criollo, un personaje que justifica y construye una identidad nacional en pleno desarrollo.
En cualquier caso, el pacto que La Salamanca propone es una trasgresión al cosmos, a la lógica de los procesos; lesiona el ethos de todo aprendizaje: la apropiación de un conocimiento debe ser gradual, de complejidad creciente y debería llevar implícita una reflexión sobre el poder que proporciona, su aplicación y sus límites, pero sobre todo la conciencia de que el aprendizaje transforma al propio individuo, a sus relaciones y a su entorno de manera irreversible.
Los procesos de conocimiento son caminos sin retorno, La Salamanca es un atajo donde la naturaleza se altera en favor nuestro, nos propone saltearnos el aprendizaje y nuestras propias limitaciones y, por supuesto, nos regala una virtud excelente, brillante e insuperable, los frutos del conocimiento al alcance de la mano; pero la pérdida de la vida o del alma, las consecuencias de la trasgresión esperadas o no, son elementos inquietantes ¿qué implica esta resignación?
Considerando las cuestiones contextuales, habiendo ya comenzado el siglo XXI, pensamos que una Salamanca contemporánea no podría más que plantearnos a través de modificaciones preceptuales, una reflexión sobre el conocimiento, sobre la densidad de esa trama que llamamos realidad.
Un recorrido, un camino, pasos. La Salamanca es un campo gravitatorio más denso hacia su núcleo, a quien la recorre seducido, el regreso le parece más peligroso que continuar el descenso, la decisión de sumergirse en la imagen y entrar en otro espacio es inminente, fusión de límites, alteración de la conciencia, quien recorre puede volver, pero no hay retorno.